Era una afable y solitaria señora, no tenía familia. Vivía en compañía de las coloridas flores de su jardín al que tanto cuidaba y de las avecillas que revoloteaban alegres junto a las mariposas.


La casita era muy cálida y acogedora. Su lugar preferido era el más pequeño de la casa. Tenía un gran ventanal que permitía la entrada de luz y de la brisa fresca de las montañas.


En un cómodo sillón, muy cerca de la ventana, pasaba sus días entre madejas de mil colores bordando en punto de cruz; toallas, cojines, paños y manteles, los que vendía, con mucho éxito, en la tienda del pueblo. Además de distraerse haciendo lo que más le gustaba, podía reunir dinero extra para su manutención.


Se levantaba antes que el sol lo hiciera. Se preparaba algo de desayuno que acompañaba con un rico café bien cargado. Luego salía al jardín a respirar el aire puro de la mañana. Le gustaba hablar con sus flores mientras las cuidaba, podando sus hojas y quitando sus pétalos marchitos. Al regarlas, el jardín se llenaba de hermosas aves que con la frescura del agua dejaban escuchar sus alegres trinos mientras danzaban felices de una flor a otra.


Bajo la hermosa jacaranda, en un gracioso banquito de madera se sentaba la señora para descansar un poco de sus faenas de cultivo mientras disfrutaba del vuelo de los pajarillos y de las inquietas mariposas.


Después que ponía en orden las pocas cosas que quedaban fuera de su sitio, se sentaba en su cómodo sillón y bajo la luz de la ventana, tomaba entre sus manos su fino y delicado bordado. En esta oportunidad se trataba de un de un colorido pajarito revoloteando entre las flores de un hermoso bouquet
.

Siempre escogía muy bien los colores que utilizaba en sus motivos pero en ocasiones debía cambiar los tonos por no contar, entre su colección de madejas, el color exacto que el esquema del diseño recomendaba y no siempre había existencias en la mercería del pueblo.


Debía cumplir la señora con los tiempos de la entrega de ese pedido que le habían hecho muy particularmente y por eso decidió no distraerse mucho
para terminar su bordado lo antes posible. Después de terminarlo debía coserlo y rellenarlo porque el encargo en cuestión era un cojín Así es que se dispuso a continuar con su labor no sin antes tomarse su acostumbrado cafecito. Lo necesitaba más que otros días para disipar su cansancio que cada vez se acentuaba más a causa de los años. Su espalda se resentía al pasar tantas horas sentada y otras tantas atendiendo a su jardín. Sus ojos se enrojecían por el esfuerzo al tener que fijar la vista en tan diminutos orificios de la tela a pesar de que contaba con una lupa especial para estos menesteres.


Afuera se escuchaban los pájaros cantar y a través de la ventana veía como danzaban las mariposas de mil colores por todo el jardín en busca de la flor con el más delicioso néctar.

 

Había una mariposa en particular de grandes alas y de colores muy brillantes casi transparente. Era muy tímida y por ello no le gustaba volar junto a las otras, de hecho no salía mucho de las ramas de la jacaranda. Cuando la señora se sentaba bajo su sombra para descansar de la ardua faena que le generaba el jardín, la majestuosa mariposa bailaba para ella. Ya se había acostumbrado a su presencia y no sentía timidez alguna de lucirse ante la cansada mirada de aquella viejita solitaria, tan solitaria como ella.


Una tarde, con mucha sigilo, se asomó la mariposa más allá de los límites de la jacaranda. Algo le había llamado poderosamente su atención. No sabía exactamente que era aquello que se movía tan torpemente por el jardín con unos colores extraños pero no menos hermosos.

 

Su timidez no la dejaba volar más lejos pero siguió insistiendo. Subía y bajaba por las ramas del árbol buscando un mayor acercamiento cuando de repente sintió un movimiento extraño en una de las ramas inferiores. Se dispuso a volar hasta allí pero sin perder su cautela. Fue entonces cuando vio al precioso pajarillo enredado entre las flores de la jacaranda las que le daban un aspecto aun más bello y vistoso.


El pajarillo se sacudió recuperando un poco su equilibrio pero al ver a la mariposa se sintió intimidado, no reaccionaba. Realmente estaba muy asustado. La Mariposa comprendió que no se enfrentaba a peligro alguno al ver lo desvalido que estaba el pobre pajarillo.


- Quien eres? No te había visto antes en este jardín. De dónde vienes?


- De un lugar totalmente distinto.


- Apenas sabes volar y no lo entiendo. Siendo un ave me resulta extraño que a tu edad, tengas un vuelo tan torpe.


- Vengo de un lugar de mucho colorido. Hay hermosas flores tan bonitas como las que veo aquí pero es como si no tuviesen vida, se mantienen inertes.


- Es que acaso no hay vientos?


- Vientos? Que cosa es eso?


- Es la brisa, no puedes verla pero si la puedes sentir. Es fresca y facilita mucho nuestro vuelo.


- Ya lo entiendo, a eso se debe el vaivén de las flores, ellas bailan a compás del viento, el mismo viento que golpeó mis alas e hizo que me estrellara contra estas ramas


- No te preocupes por eso, yo podría enseñarte a mejorar tu vuelo pero no culpes al viento, gracias a él he podido conocerte.


Los días siguientes fueron de mucho aprendizaje para ambos. El pajarito mejoró su vuelo considerablemente y la Mariposa poco a poco, perdía su timidez. Ahora volaban juntos por todo el jardín compartiendo el néctar de cada flor.


Se volvieron inseparables. Eran la comidilla del jardín. Algunos no lograban entender esa relación tan extraña entre el pajarillo y un ser de su propia cadena alimenticia.

Otras avecillas; sin embargo, sentían celos. Ya deseaban ellas ser la pareja de ten hermoso ejemplar.


Cada tarde, entre las flores de la jacaranda, se paraban a descansar un poco de sus vuelos vespertinos y mantenían gratificantes conversaciones. Un día la mariposa le comentó:


- Sabes? En este tiempo me has ayudado mucho y me siento muy agradecida contigo.


- Soy yo el agradecido. No tan sólo me has enseñado a volar sino que me has mostrado otro mundo que era totalmente desconocido para mí.


- Y como es el tuyo? Poco me hablas de ese lugar


- Es un lugar demasiado tranquilo. Hay varios de ellos y cada quien vive en uno en particular. A mí me tocó ser un pájaro y paso mis días sobre un bello ramillete de flores que va creciendo cada día un poco más. Pero todos esos mundo tiene un final que llega con las últimas puntadas. Son mundos muy pequeños, muy limitados y no se compara con este mundo tuyo donde parece no haber límites ni fronteras.

 

Fue cuando decidí armarme de fuerza y voluntad para desprenderme de tanto mutismo. Algo me decía que debía haber un mundo mejor con mayores libertades y pleno de aromas y movimientos.


- Pues aquí lo tienes y me siento feliz por haber sido yo quien te lo haya mostrado.


- Sabía que la vida debía ser algo diferente. No se puede vivir tan atado. Se asfixia uno con tantos nudos, nos cortan la respiración. Es como vivir en presidio con tantos recuadros que, cual rejas, impiden que volemos a nuestro antojo. No hay brisa y por eso las flores no pueden moverse de conformidad con el viento.


- En eso tienes razón. No hay como la libertad. Yo no salía de la jacaranda porque siempre fui muy tímida y temerosa y por eso prefería quedarme bajo la protección de este árbol que tanto cobijo me da. Pero allá afuera todo es alegría. Hay mucho compañerismo y cada quien tiene una función específica para que este lugar funcione adecuadamente como un ecosistema.


- Sería maravilloso poder quedarme aquí con todos ustedes. Pero no podría. Estoy sintiendo algo muy especial por ti y debo reprimir mis sentimientos. Tú eres diferente. Jamás podría existir algo que vaya más allá de esta bonita amistad que ahora tenemos.


- Lo dices en serio?, si es así debo confesarte algo. También yo me siento atraída por ti y no tienes nada que temer porque también soy un ave.


- Un ave? Cómo puedes ser un ave si lo que veo delante de mi es una preciosa mariposa?


- Hace un tiempo, vivía en otro lugar. Un buen día fui perseguida y acosada por una enorme, negra y fea mariposa. Quería hacerme daño porque no soportaba el bello color de mis plumas, por cierto,  muy parecidas a las tuyas.
Se molestaba mucho al ver la admiración que todos sentían cuando me veían volar por aquellos parajes. Le juré una y mil veces que jamás le haría daño por más que yo fuese para ella, un depredador. Pero comprendí que no era esa razón de su acoso. Quería eliminarme porque no soportaba mi belleza.


Era tanta su envidia que echó sobre mí un conjuro. Me dijo que con el primer viento de la primavera, dejaría de ser un ave para convertirme en un asqueroso insecto y que sólo volvería a lucir nuevamente mi bonito y suave plumaje si un pajarillo igual que yo se enamorara de mí y tuviese la osadía de besarme.


Algo en su hechizo salió mal y cuando sentí los primeros vientos de la primavera me convertí en larva. Estaba desorientada, asustada y temerosa y de allí mi timidez de ahora. Con el tiempo fui cambiando de formas me convertí en crisálida y luego sentí la necesidad de salir de allí. Empecé a moverme con fuerzas pero tenía que parar de vez en cuando porque era mucho el esfuerzo que debía hacer. Cuando por fin lo logré, lo hice convertida en una de las más bellas mariposas.

Es ahora cuando comprendo que todo aquel padecimiento era necesario para el fortalecimiento de mis alas.


Dejé aquel lugar donde vivía y volé y volé hasta llegar a esta jacaranda que ha sido me refugio desde entonces. Debes creerme, no soy una mariposa, soy un ave como tú. Crees realmente que estás que estás enamorado de mi?


- No, no lo creo, estoy seguro y ahora más al saber que tu corazón es el de un ave como yo. Siendo tú mariposa no veía futuro alguno entre nosotros pero ahora veo un oportunidad real de ser felices.


- Me besarás entonces? Si lo haces seré tu compañera cuando sople los próximos vientos y podremos vivir juntos y para siempre en este hermoso jardín.


Soplaba una brisa muy fuerte que hizo que se cerrara con fuerza el ventanal. La señora se incorporó asustada de su sillón y fue cuando se dio cuenta de que se había quedado dormida. En ese momento tocaron a su puerta, venían a recoger el encargo. La señora satisfecha colocó el cojín en una bonita caja y lo entregó al mensajero de la tienda recibiendo, en monedas, el pago correspondiente.


La señora, aún con el susto de haberse despertado con el ruido del ventanal, se sentó en su sillón a tomar un café recién hecho antes de salir a barrer las hojas y flores que habían caído de la jacaranda producto de la fuerte brisa.


Jamás supo ella que, en el cojín que había entregado, había un pajarito más y en su jardín una mariposa menos.

 


MORALEJA


Bordemos sueños e ilusiones con madejas de amor y esperanza. Arranquemos los nudos de la envidia y del rencor para formar un mundo nuevo con leyes decretadas por nuestras conciencias y corazones.


 

 

 

 

 

 

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